¡Qué gusto pasear por la orilla!
Calzado en mano, la arena se mete entre los deditos de los pies, las olas fresquitas te mojan hasta los tobillos, el run-run del mar se introduce en los oídos y le susurra al cerebro una nana de las antiguas, de las que te quitan el miedo, el sufrimiento, el dolor y todas las malas sensaciones. Y cierras los ojos. Y respiras. Y al levantar los párpados el atardecer se ciñe en el horizonte y regresa la noche, cielo negro y luna blanca y toda la tonalidad de grises en los bolsillos...
